Te odio, realmente lo hago. Sueño recurrentemente con vos, con que te encuentro y te digo todo, con que me pedís perdón y te ignoro. No me interesa tu perdón. No me interesás vos, no me interesa tu metro noventa ni tu desinterés. Me peleo cada minuto conmigo misma por haberte dejado conocerme tanto, ahora soy demasiado vulnerable. Pero vos también lo sos, desgraciadamente recuerdo cada puta palabra, cada conversación y cada ataque de sinceridad que tuviste conmigo. Cada 'te quiero' que me dijiste y cada beso que me diste. Tan presente estás en mi cabeza que eso sólo me lleva a odiarte, a querer borrarte impacientemente de cada rincón en el que estás (que últimamente son demasiados). No quiero escuchar más tu nombre ni tu apellido, no quiero enterarme de lo que hacés y de dónde estás. Quiero dejar de escuchar sin cesar la música que vos escuchás, dejar de ver tus películas favoritas. Dejame, es todo lo que te pido. Prometo hacer lo mismo, pero necesito que des el primer paso.
Chiara, él ya te dejó. Es hora de que vos lo dejes a él. Es hora de que dejes de hablar de él, de preguntar por él, de llorar por él. Se fue, se fue y no va a volver.
Te odio por todo eso y por muchas cosas más. Pero últimamente sospecho que el principal motivo por el cual te odio, es porque detrás de todo ese rencor existen unas infinitas ganas de verte. De verte y de decirte que te extraño.
No quería un final, y menos uno abierto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario