De repente abro mi cuaderno y las palabras empiezan a circular sin sentido sobre sus hojas. Intento concentrarme en ordenarlas, pero no me permiten unirlas en un párrafo coherente. Agarro entonces una hoja en blanco y pretendo volcar todas aquellas cosas que quiero decir y no sé cómo; palabras sueltas comienzan a surgir de mi birome y me angustio aún más. Nuevamente se ríen de mi y no dejan atraparse. Decido entonces, en un acto de rebelión, arrancar las hojas y abollarlas, para luego jugar al básquet con mi tacho de basura. Una vez instaladas en el fondo del mismo me miran con un dejo de reproche y es por eso que, con algo de culpa por el impulso, resuelvo recogerlas.
Las hojas, la birome, las palabras y yo intentamos reconciliarnos. Es así como me siento nuevamente en mi escritorio y me sumerjo en un mundo que sólo yo comprendo.
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